De hija herida a madre presente
Y aunque no suelo resonar mucho con este tipo de días —que a veces se sienten más como consumo que como presencia— hoy sí me nace parar y mirarlo.
Como me decía mi hermana, en realidad todos los días ejercemos de madre.
Pero quizá está bien que uno nos invite a hacerlo consciente.
A todas las mujeres que habéis elegido esta experiencia…
hay algo profundamente valiente en ello.
Y también algo que he ido comprendiendo con los años:
no aprendemos a ser madres a través de nuestros padres. De ellos aprendemos a ser hijos.
Esto lo vi con claridad cuando mis hijos empezaron a crecer.
Cuando mi hija entró en la adolescencia y mi hijo en esa etapa de autoafirmación tan intensa…
“algo encajó”.
No tenía tanto que ver con ellos. Tenía que ver conmigo.
Con mi adolescente. Con mi niña. Partes que seguían vivas… pero que yo no había sabido mirar.
Y entonces me di cuenta de algo importante:
Seguir mirando a mis padres desde lo que no quería repetir me mantenía conectada a mi lugar de hija.
Pero no necesariamente me acercaba a cómo quería estar presente como madre.
Ahí hubo un cambio.
Dejar de mirar hacia atrás para definir lo que rechazo… y empezar a mirar hacia dentro para elegir cómo quiero vivirlo.
Ser madre dejó de ser una repetición… para convertirse en una oportunidad.
Una oportunidad de estar más presente. Más consciente. Más en coherencia.
Y también, de seguir creciendo.
Porque al final, nuestros hijos no solo nos enseñan sobre ellos.
Nos enseñan sobre nosotras.
Y desde ahí… todo cambia.
Y esto no es solo para las madres que han parido.
Es para quien acompaña, sostiene, nutre, acoge.
La abuela que estuvo.
El padre que también maternó.
La hermana o hermano mayor que cuidó.
Para ti que te maternas cada día.
Para quien eligió estar presente, de la manera que fuera.
Hace unos años escribí sobre esto desde otro lugar.
También era un día como hoy.
Si te apetece, puedes leerlo aquí: